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lunes, 6 de julio de 2020

Música protestante en la Santa Iglesia Católica

¿Es bueno que un católico escuche música protestante?
¿Es correcto que un coro de una parroquia use música protestante en la Santa Misa?

La respuesta es tan simple y clara como estas preguntas: No.

Pero ¿por qué? ¿acaso es mala la música protestante? ¿es pecado escucharla? ¿lo prohíbe la Iglesia?

Inmediatamente surgen este tipo de cuestionamientos, al igual que otras afirmaciones como

Se trata de ecumenismo. Hay que ser tolerantes. No hay que ser tan cerrados.

Antes que nada, primero debemos recordar que estando dentro de la Santa Iglesia debemos ser obedientes en lo que nuestra Iglesia nos sugiere en cuanto al tema de la música.


Iniciaré por citar nuestro Catecismo de la Iglesia Católica, en sus numerales 1156-1158 dice lo siguiente:

1156 "La tradición musical de la Iglesia universal constituye un tesoro de valor inestimable que sobresale entre las demás expresiones artísticas, principalmente porque el canto sagrado, unido a las palabras, constituye una parte necesaria o integral de la liturgia solemne" (SC 112). La composición y el canto de salmos inspirados, con frecuencia acompañados de instrumentos musicales, estaban ya estrechamente ligados a las celebraciones litúrgicas de la Antigua Alianza. La Iglesia continúa y desarrolla esta tradición: "Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor" (Ef 5,19; cf Col 3,16-17). "El que canta ora dos veces" (San Agustín, Enarratio in Psalmum 72,1).

1157 El canto y la música cumplen su función de signos de una manera tanto más significativa cuanto "más estrechamente estén vinculadas a la acción litúrgica" (SC 112), según tres criterios principales: la belleza expresiva de la oración, la participación unánime de la asamblea en los momentos previstos y el carácter solemne de la celebración. Participan así de la finalidad de las palabras y de las acciones litúrgicas: la gloria de Dios y la santificación de los fieles (cf SC 112):

«¡Cuánto lloré al oír vuestros himnos y cánticos, fuertemente conmovido por las voces de vuestra Iglesia, que suavemente cantaba! Entraban aquellas voces en mis oídos, y vuestra verdad se derretía en mi corazón, y con esto se inflamaba el afecto de piedad, y corrían las lágrimas, y me iba bien con ellas (San Agustín, Confessiones 9, 6, 14).

1158 La armonía de los signos (canto, música, palabras y acciones) es tanto más expresiva y fecunda cuanto más se expresa en la riqueza cultural propia del pueblo de Dios que celebra (cf SC 119). Por eso "foméntese con empeño el canto religioso popular, de modo que en los ejercicios piadosos y sagrados y en las mismas acciones litúrgicas", conforme a las normas de la Iglesia "resuenen las voces de los fieles" (SC 118). Pero "los textos destinados al canto sagrado deben estar de acuerdo con la doctrina católica; más aún, deben tomase principalmente de la Sagrada Escritura y de las fuentes litúrgicas" (SC 121).

Es importante lo que dice el catecismo al final del número 1158: "los textos destinados al canto sagrado deben estar de acuerdo con la doctrina católica; más aún, deben tomarse principalmente de la Sagrada Escritura y de las fuentes litúrgicas"


La música protestante podrá ser hermosa y llena de sentimiento, pero no es adecuada para formar parte de la Santa Misa, no porque un canto sea hermoso y hable de Jesucristo quiere decir que sea apta para nuestra celebración, porque no está de acuerdo a nuestra doctrina. Nunca, un canto protestante, estará acorde con la doctrina de la Iglesia, podrá haber casos donde se acerque, o aparentemente no haya algo malo en el contenido, pero no estará acorde porque pertenece a otra Iglesia, a otra doctrina.

Y no se trata de juzgar o condenar a los autores protestantes, sino de obediencia, y también en parte el sentido común, si un canto pertenece a otra iglesia es de esperar que lo que diga en sus letras sea doctrina de aquella iglesia y no de la nuestra, así como un canto católico tampoco está acorde a la doctrina de otra congregación, por ejemplo, con los Testigos de Jehová.

La música, en sí misma, es un medio por el cual se puede transmitir un mensaje deseado, por ejemplo, un artista que ha sufrido una pérdida, al escribir, reflejará este sentimiento y quien escucha recibirá este mensaje musical, tal vez, inconscientemente, se sentirá triste, sin otro motivo más que haber escuchado aquella canción. En un colegio se utilizan canciones infantiles para reforzar aprendizajes de los niños, ya sea con los números o con las letras, o el tema que se quiera tratar, y los niños aprenden por este medio. De igual manera, la música tiene esa capacidad para transmitir la doctrina, pero depende de quién haga la música el tipo de mensaje que lleva contenido, un canto católico llevará un mensaje de doctrina católica, un canto protestante llevará un mensaje protestante.


Tanto la música católica como protestante tienen ese propósito de transmitir la doctrina de su iglesia, y de llevar a los fieles a un encuentro con Jesucristo, de adorarlo, de alabarlo, sentir su presencia por medio de la voz y de las notas musicales. Pero, la música católica tiene un propósito muy claro que no tiene la música protestante, y que hace la enorme y más importante diferencia, conectarnos a nosotros, el pueblo, con la Santa Eucaristía, el cuerpo de Cristo, el Santísimo Sacramento.

Así, pues, la música también es un poderoso medio para y llegar a Cristo, en un encuentro muy íntimo, muy personal, que sólo se logra al contemplar y al recibir el Cuerpo de Cristo en la Comunión, o contemplándolo al estar expuesto frente a nosotros. Si queremos, como Ministerio de Música, lograr ese objetivo, contribuir para que ese encuentro entre el creyente y el Señor se dé, es necesario que la música que se utilice tenga ese objetivo, de lo contrario sería como realizar un trabajo con la herramienta equivocada.


¿Qué puede suceder si un grupo católico emplea música protestante durante la Misa o una Hora Santa?

Algunos tristemente responden “no pasa nada”.

Muy lejos de la realidad, porque debemos recordar que al estar en el servicio musical en un templo tenemos una gran responsabilidad con los fieles, que no es uno solo, son muchos, algunos de ellos conocedores de la doctrina, mientras que otros son pobremente instruidos. Aquellos que poseen una buena instrucción en la fe no se verían afectados por un simple canto, más allá de que les haga sentir bonito y les dé cierta tranquilidad.

Sin embargo, en el peor de los casos, un hermano poco instruido puede resultar seriamente afectado, ya que al escuchar cantos que no están acordes a la doctrina o que enseñen en sus letras otras cosas, puede generar confusión y dudas, puede suceder que un hermano católico se sienta atraído por la letra o por la voz de determinado cantante protestante, sólo porque se escucha muy bello o por haber sentido algo muy especial, y empezará a buscar más cantos de ese mismo artista, y al escucharlos sin analizar lo que dicen, esa doctrina protestante se irá quedando inconscientemente en su cabeza, al repetir cada estrofa sin saber lo que está repitiendo, poco a poco irá conociendo no sólo la música, sino las costumbres de aquel artista y de la congregación a la que pertenece, por imitación aprenderá algunas conductas que no son permitidas dentro de la iglesia, un claro ejemplo es la imposición de manos sin existir autoridad, que en la Iglesia Católica sí existe y este acto de imposición sólo lo realizan los sacerdotes debidamente ordenados, no así en las sectas protestantes; posteriormente, podrá encontrarse en un problema al notar que lo que esa música le ha enseñado, sin darse cuenta, y lo que el sacerdote le dice no coinciden, o puede notar que lo que, según su propio criterio influenciado por esa música, debería ser correcto en realidad está prohibido y el sacerdote le impide hacerlo, y es donde empiezan los problemas y los desacuerdos. 

Al final, este hermano terminará por abandonar la Iglesia Católica y unirse a aquella congregación donde le hacen sentir bonito y donde lo que la Iglesia prohíbe le está permitido, a veces generando un resentimiento hacia la Iglesia a la cual pertenecía, y todo por haber escuchado en alguna ocasión un canto perteneciente a otra congregación religiosa. Seríamos pues, cómplices de esa situación de pecado que tiene un nombre: Apostasía.

¿Qué tan grave es esto?

Muy grave, debemos entender también lo que dice el Catecismo:

845 El Padre quiso convocar a toda la humanidad en la Iglesia de su Hijo para reunir de nuevo a todos sus hijos que el pecado había dispersado y extraviado. La Iglesia es el lugar donde la humanidad debe volver a encontrar su unidad y su salvación. Ella es el "mundo reconciliado" (San Agustín, serm. 96, 7-9). Es, además, este barco que "pleno dominicae crucis velo Sancti Spiritus flatu in hoc bene navigat mundo" ("con su velamen que es la cruz de Cristo, empujado por el Espíritu Santo, navega bien en este mundo") (San Ambrosio, virg. 18, 188); según otra imagen estimada por los Padres de la Iglesia, está prefigurada por el Arca de Noé que es la única que salva del diluvio (cf 1 P 3, 20-21).

"Fuera de la Iglesia no hay salvación"

846 ¿Cómo entender esta afirmación tantas veces repetida por los Padres de la Iglesia? Formulada de modo positivo significa que toda salvación viene de Cristo-Cabeza por la Iglesia que es su Cuerpo:
El santo Sínodo... basado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Cristo, en efecto, es el único Mediador y camino de salvación que se nos hace presente en su Cuerpo, en la Iglesia. Él, al inculcar con palabras, bien explícitas, la necesidad de la fe y del bautismo, confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que entran los hombres por el bautismo como por una puerta. Por eso, no podrían salvarse los que sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella (LG 14).

Aquí la importancia de utilizar únicamente música católica durante nuestras celebraciones, y prescindir de la música protestante. Primero porque debemos respetar nuestra doctrina, y porque fuera de la Iglesia no hay Salvación, ya que la Iglesia es el Cuerpo de Cristo, Cristo está unido a un solo cuerpo, su Iglesia, y un cuerpo sin cabeza (es decir, otro cuerpo, otra iglesia), es un cuerpo muerto, sin vida, sin salvación. Aquellos que se salen de la Iglesia, que abandonan ese cuerpo unido a la cabeza, que es Cristo, pierden el mayor tesoro que Dios ha puesto por medio de su Hijo, la Salvación.


La música es un instrumento poderoso, pero hay valorarla y saber utilizarla para cumplir con el objetivo de evangelizar, de llevar la Palabra y acercar al pueblo con Dios.

La música no es tampoco una imposición, la Iglesia no impone a los fieles (pero sí lo sugiere, viendo los textos del catecismo) a escuchar o dejar de escuchar determinado tipo de música, cada quien es libre de elegir, y no es mala en sí misma, pues su objetivo es, al igual que la música católica, transmitir el mensaje acorde a la doctrina a la que pertenece (en su caso, doctrina protestante), es música hecha para el pueblo protestante, no para el pueblo católico; pero sí es importante tener cuidado de no promover la música protestante y darle más promoción a la música católica, es una manera de contribuir a la instrucción y el conocimiento de nuestra doctrina, o por lo menos de evitar que los fieles entren en dudas respecto a ésta y lleguen a la confusión entre las doctrinas. 

Pensemos que nuestra música católica es una forma de identificarnos como católicos.


martes, 24 de julio de 2018

María, Educadora del Hijo de Dios

Aunque se realizó por obra del Espíritu Santo y de una Madre Virgen, la generación de Jesús, como la de todos los hombres paso por las fases de la concepción, la gestación y el parto. Además, la maternidad de María no se limito exclusivamente al proceso biológico de la generación, sino que, al igual que sucede en el caso de cualquier otra madre, también contribuyó de forma esencial al crecimiento y desarrollo de su hijo.


No sólo es madre la mujer que da a luz un niño, sino también la que lo cría y lo educa; más aún, podemos muy bien decir que la misión de educar es según el plan divino, una prolongación natural de la procreación.

María es Theotokos no sólo porque engendró y dio a luz al Hijo de Dios, sino también porque lo acompañó en su crecimiento humano.

Se podría pensar que Jesús, al poseer en sí mismo la plenitud de la divinidad, no tenía necesidad de educadores. Pero el misterio de la Encarnación nos revela que el Hijo de Dios vino al mundo en una condición humana totalmente semejante a la nuestra, excepto en el pecado (cf. Hb 4, 15). 

Como acontece con todo ser humano, el crecimiento de Jesús, desde su infancia hasta su edad adulta (cf. Lc 2, 40), requirió la acción educativa de sus padres.

El evangelio de san Lucas, particularmente atento al periodo de la infancia, narra que Jesús en Nazaret se hallaba sujeto a José y a María (cf. Lc 2, 51). Esa dependencia nos demuestra que Jesús tenía la disposición de recibir y estaba abierto a la obra educativa de su madre y de José, que cumplían su misión también en virtud de la docilidad que él manifestaba siempre.

Los dones especiales, con los que Dios había colmado a María, la hacían especialmente apta para desempeñar la misión de madre y educadora. En las circunstancias concretas de cada día, Jesús podía encontrar en ella un modelo para seguir e imitar, y un ejemplo de amor perfecto a Dios y a los hermanos.


Además de la presencia materna de María, Jesús podía contar con la figura paterna de José, hombre justo (cf. Mt 1, 19), que garantizaba el necesario equilibrio de la acción educadora. Desempeñando la función de padre, José cooperó con su esposa para que la casa de Nazaret fuera un ambiente favorable al crecimiento y a la maduración personal del Salvador de la humanidad. Luego, al enseñarle el duro trabajo de carpintero, José permitió a Jesús insertarse en el mundo del trabajo y en la vida social.

Los escasos elementos que el evangelio ofrece no nos permiten conocer y valorar completamente las modalidades de la acción pedagógica de María con respecto a su Hijo divino. Ciertamente ella fue, junto con José, quien introdujo a Jesús en los ritos y prescripciones de Moisés, en la oración al Dios de la alianza mediante el uso de los salmos y en la historia del pueblo de Israel, centrada en el éxodo de Egipto. De ella y de José aprendió Jesús a frecuentar la sinagoga y a realizar la peregrinación anual a Jerusalén con ocasión de la Pascua.

Contemplando los resultados, ciertamente podemos deducir que la obra educativa de María fue muy eficaz y profunda, y que encontró en la psicología humana de Jesús un terreno muy fértil.

La misión educativa de María, dirigida a un hijo tan singular, presenta algunas características particulares con respecto al papel que desempeñan las demás madres. Ella garantizó solamente las condiciones favorables para que se pudieran realizar los dinamismos y los valores esenciales del crecimiento, ya presentes en el hijo. Por ejemplo, el hecho de que en Jesús no hubiera pecado exigía de María una orientación siempre positiva, excluyendo intervenciones encaminadas a corregir. Además, aunque fue su madre quien introdujo a Jesús en la cultura y en las tradiciones del pueblo de Israel, será el quien revele, desde el episodio de su pérdida y encuentro en el templo, su plena conciencia de ser el Hijo de Dios, enviado a irradiar la verdad en el mundo, siguiendo exclusivamente la voluntad del Padre. De «maestra» de su Hijo, María se convirtió así en humilde discípula del divino Maestro, engendrado por ella.


Permanece la grandeza de la tarea encomendada a la Virgen Madre: ayuda a su Hijo Jesús a crecer, desde la infancia hasta la edad adulta, «en sabiduría, en estatura y en gracia» (Lc 2, 52) y a formarse para su misión.

María y José aparecen, por tanto, como modelos de todos los educadores. Los sostienen en las grandes dificultades que encuentra hoy la familia y les muestran el camino para lograr una formación profunda y eficaz de los hijos.
 

Su experiencia educadora constituye un punto de referencia seguro para los padres cristianos, que están llamados, en condiciones cada vez más complejas y difíciles, a ponerse al servicio del desarrollo integral de la persona de sus hijos, para que lleven una vida digna del hombre y que corresponda al proyecto de Dios.

Fuente: Catequesis del Papa, durante la audiencia general del 4 de Diciembre 1996.


jueves, 12 de julio de 2018

¿Y si María hubiera dicho No?

Buenas tardes y Dios les Bendiga, éste es un tema muy interesante que a muchos de nuestros hermanos separados les gusta responder, pero ¿qué dice la Iglesia Católica? Creo que debo dar un punto de vista acerca de esta pregunta: 

¿Qué hubiera pasado si María hubiera dicho No?

Al investigar sobre este tema me he encontrado con diversas respuestas en otros artículos y videos, algunos de origen protestante; entre estas respuestas, las más comunes son las siguientes:
  • María se condenaría al Infierno.
  • María sería destruida por Dios.
  • Dios hubiera utilizado a otra virgen.
  • Jesús no habría nacido y seguiríamos inmersos en oscuridad.
Algunas de las respuestas son declaradas por los protestantes, quienes aseguran que María es una mujer común y corriente, como cualquier otra, no es especial, etc., siempre buscando cómo denigrar y desvirtuar los méritos de la Madre de Dios.

Pero la Santa Biblia tiene la respuesta a esta pregunta.

Si la respuesta de María hubiera sido No, nada de lo anterior sucedería, la escritura se iba a cumplir de cualquier manera, pues Dios no le preguntó a María si estaba de acuerdo o si le gustaría ser la Madre del Salvador, Dios le dijo que ella sería la Madre de Jesús y así iba a ser, por decirlo así, era la Orden de Dios y se iba a cumplir porque María fue apartada para hacer la voluntad de Dios, no fue que Dios se esperó a que ella creciera para después preguntarle a ver si quiere, por lo que María, dijera Sí o No, estaba destinada a ser la Madre de Jesús.

Para demostrar esto, hay que mencionar hubo otros personajes bíblicos que al inicio de su misión se negaron al llamado de Dios y aun así se cumplió lo que su palabra mandaba. El mismo Pedro negó a Jesús 3 veces y es la roca sobre la que se edificó la Iglesia. 

Éxodo 4,10-14

Dijo Moisés a Yahveh: «¡Por favor, Señor! Yo no he sido nunca hombre de palabra fácil, ni aun después de haber hablado tú con tu siervo; sino que soy torpe de boca y de lengua.»


Le respondió Yahveh: «¿Quién ha dado al hombre la boca? ¿Quién hace al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy yo, Yahveh?


Así pues, vete, que yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que debes decir.»
Él replicó: «Por favor, envía a quien quieras.»


Entonces se encendió la ira de Yahveh contra Moisés, y le dijo: «¿No tienes a tu hermano Aarón el levita? Sé que él habla bien; he aquí que justamente ahora sale a tu encuentro, y al verte se alegrará su corazón.

Jeremías 1,5-7

Antes de haberte formado yo en el seno materno, te conocía, y antes que nacieses, te tenía consagrado: yo profeta de las naciones te constituí.


Yo dije: «¡Ah, Señor Yahveh! Mira que no sé expresarme, que soy un muchacho.»
Y me dijo Yahveh: No digas: «Soy un muchacho», pues adondequiera que yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás.

Jonás 1,2-4

«Levántate, vete a Nínive, la gran ciudad, y proclama contra ella que su maldad ha subido hasta mí.»


Jonás se levantó para huir a Tarsis, lejos de Yahveh, y bajó a Joppe, donde encontró un barco que salía para Tarsis: pagó su pasaje y se embarcó para ir con ellos a Tarsis, lejos de Yahveh.
Pero Yahveh desencadenó un gran viento sobre el mar, y hubo en el mar una borrasca tan violenta que el barco amenazaba romperse.

Gálatas 1,15-16

Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre.

I Corintios 9:16-17

Predicar el Evangelio no es para mí ningún motivo de gloria; es más bien un deber que me incumbe. Y ¡ay de mí si no predicara el Evangelio! Si lo hiciera por propia iniciativa, ciertamente tendría derecho a una recompensa. Mas si lo hago forzado, es una misión que se me ha confiado.


Conclusión

Ni San Pablo, que persiguió a la Iglesia, ni Moisés, Jeremías o Jonás, fueron destruidos por Dios, tampoco fueron condenados al infierno. Todos ellos cumplieron con la voluntad de Dios, pues misericordioso es el Señor, que salva al hombre aún en contra de su propia voluntad

Así que, como hemos visto, María no es como cualquier otra mujer. Antes de decir sí o no, ya el ángel Gabriel la había nombrado, Kejaritomene (llena de gracia), lo que nos muestra claramente que María fue también predestinada para ser la Madre del Salvador. María es bienaventurada por gracia de Dios, quien le dio todo y la llenó de gracia, Pero también es bienaventurada por mérito propio, por decir que SÍ a Dios, pues donde Moisés, Jeremías, Jonás y San Pablo fallaron diciendo NO, ella dijo SÍ. Por eso Dios mismo, en boca de Isabel llena del Espíritu Santo la proclama: BENDITA ENTRE LAS MUJERES.

Fuente: Enlace Católico.


viernes, 18 de mayo de 2018

Jesús o Barrabás

De Barrabás poco se sabe. Era un preso famoso que en una sedición había cometido un homicidio, condenado por un motín y por un homicidio. ¿Era un bandido, un malvado, un terrorista o un nacionalista extremo? Poco importa, pero lo cierto es que se trata de un hombre para el cual cualquier medio vale con tal de conseguir sus fines, el contraste con Jesús inocente es más que notable. Barrabás va a ser comparado con Cristo, el pueblo podrá elegir al que juzgue mejor de los dos. Aquel hombre, sin proponérselo, se convierte en símbolo de lo que había dicho Jesús: el que no está conmigo, está contra mí.

Pilato ofreció una alternativa al pueblo: liberar a Jesús o liberar a Barrabás. ¿Por qué no los dos si realmente quiere salvar al inocente cercado por los envidiosos? El pueblo eligió a Barrabás en un acto que al principio parecía misericordioso, el mal se revestía de bien una vez más, pero acabó pidiendo la muerte del inocente Jesús; y la pidieron a gritos, para acallar mejor la voz de la conciencia.



Los hechos ocurrieron así: Pilato en vez de salir en defensa abierta del inocente, como era su deber y se lo dictaba la conciencia, no quiere enfrentarse con los sanedritas. Pretende una jugada política ingeniosa: que sea el pueblo quien libere a Jesús. Es muy posible que sus medios de información fuesen buenos y le constase que Jesús era bien visto entre la gente del pueblo. Pero Pilato era mal psicólogo, desconocía el corazón humano, ignoraba la hondura de la envidia de los enemigos del Señor, y desconocía también la debilidad del pueblo que, a pesar de sus palabras y de sus milagros, no se ha atrevido a creer decididamente a Jesús. Y los hechos sorprendieron al débil ignorante.

Así lo narran los Evangelios: En el día de la fiesta acostumbraba a soltarles uno de los presos, el que pedían. Había uno llamado Barrabás, apresado con otros sediciosos, que en una revuelta había cometido un homicidio. Mateo añade que era un preso famoso, y Juan dice que era ladrón.

Pilato debió pensar que la liberación de Jesús era segura, pues era patente la envidia de los acusadores, así como los delitos de Barrabás. El contraste entre Jesús bueno y muy querido por el pueblo con el delincuente Barrabás era muy grande. Lo lógico era que pidiesen la liberación de Jesús, Pilato pensaría que así conseguía quedar bien con todos sin comprometerse demasiado.

Todo cuadraba. Pero le faltaba un dato no pequeño, aquella no era una cuestión ordinaria sino de fe. Decidirse por Jesús significaba aceptar su mesianidad. Elegir a Barrabás no significaba nada y se volvía a dejar a Jesús en manos del odiado romano para que él decida condenarle o no. La perplejidad debió recorrer al pueblo por el inesperado giro que tomaban los acontecimientos. Tenían que elegir. Pilato había planteado la cuestión llamando a Jesús rey de los judíos y también el llamado el Cristo. La cuestión era clara no cabían medias tintas.

La multitud se debate en la perplejidad. ¿A quién elegimos? ¿qué dices tú, y tú?, ¿qué dicen los sacerdotes?, ¿y Anás? ¿y Caifás? Los sacerdotes y los príncipes de los ancianos toman partido claro contra Jesús, sus seguidores agitarían al pueblo. Pilato se retira y les deja tiempo para pensar; es entonces cuando su mujer le comunica que ha tenido un sueño intentando que dejase libre a ese justo. Pilato se inquieta. La muchedumbre se debate de un modo cada vez más apasionado.

Pero centrémonos en Barrabás. Algunos códices de los Evangelios recogen su nombre completo que sorprendentemente es Jesús Barrabás. La palabra Barrabás tiene dos posibles significados, una es "hijo del padre", otra es “hijo de nuestro maestro", curiosa coincidencia, como si la opción entre uno y otro fuese el signo de elegir entre el Padre Dios o el padre de la mentira. Por un lado está Jesús el Hijo de Dios vivo, el Mesías, el Rey que viene a traer la salvación del mundo; y por otro Jesús Barrabás simbolizando lo opuesto a Dios. Con criterio sobrenatural se podía solucionar muy correctamente la cuestión. Por justicia se concede la libertad al inocente, y por misericordia se indulta al culpable. Plantear la elección como si fuesen iguales es una injusticia, pues es como elegir entre un inocente y un culpable o más radicalmente elegir entre Dios o el hombre. Lo correcto es elegir a Dios y al hombre. Pero la debilidad de Pilatos y la incredulidad de los judíos llevaron a una alternativa llena de riesgos y de trampas.

¿Qué pensó Barrabás en ese momento? No es difícil imaginar cuanto deseaba ser indultado. Confiaría en sus amigos, los cuales se levantaron con él en la sedición contra los romanos. No pensaría mucho en la inocencia de Jesús, sino en ese indulto que dependía del capricho de las masas o de la habilidad de sus amigos. Pero pensaría también en sus muchos enemigos, en aquellos que habían sido víctimas de sus robos. Por otra parte, miraría a Jesucristo, bien sabía que sólo hacía cosas buenas, conocería sus milagros, quizá pensase que entraba dentro de lo posible que hiciese un prodigio y todas sus esperanzas se desvaneciesen. Este que se llamaba el Cristo tenía muchos amigos, pero éstos no habían aparecido. Miraría con ardor a la multitud que se congregaba cada vez en mayor número ante el pretorio, y se sorprendería del silencio del llamado Cristo.

Los minutos pasaban, la muchedumbre se va decantando poco a poco hacia Barrabás. Hasta que Pilato vuelve al sitial de justicia y pregunta ¿A quién queréis que os suelte?;parece convencido de que su juego político le hará salir bien de aquel embrollo, pero escucha con asombro que ellos dijeron: A Barrabás. La primera elección está hecha; piden la libertad de un preso, pero en realidad están pidiendo la ejecución de un inocente. Pilato queda desconcertado, no puede creer lo que oye: piden la libertad de un criminal en lugar de un inocente, el mismo que siempre les hizo tanto bien, y entonces lanza la inútil segunda pregunta, manifestación de su debilidad: ¿Qué haré entonces con Jesús, el llamado Cristo?

Lo que tenía que hacer estaba claro: dejar a Cristo libre, pero una cuestión mal planteada no tiene fácil arreglo. Y la muchedumbre grita con furor, pues no quiere reconocer a Cristo como el Mesías e intuye la debilidad de carácter de Pilato gritan para doblegarle pues no quieren que salgan a la luz las verdaderas razones: Crucifícale, crucifícale.

Pilato no saldría de su asombro. Más lógico sería la petición de dar libertad a los dos, o que siguiese el juicio, o que le arreste, o cualquier otra pena; pero pedir la muerte más ignominiosa es demasiado, no puede creerlo. Como si la lógica fuese muy frecuente en los humanos cuando se da una cuestión importante. Por eso por tercera vez les dijo: 'Pues ¿qué mal ha hecho éste? No he encontrado en él ninguna causa de muerte; así que le pondré en libertad después de castigarlo". Pero ellos insistían, pidiendo a grandes voces que fuese crucificado y sus voces se imponían. Lo que empezó con un indulto sagaz, sigue con gritos de muerte y continúa con grandes voces que intentan acallar con rabia la voz de la conciencia.

Pilato descubrió tarde que había cedido demasiado, había transigido contra la justicia, y ahora se encontraba con una masa enfurecida incapaz de entrar en razón. Empezó con la debilidad de jugar con la política y con los cálculos humanos y acabó con un pecado grave. Todavía podía recurrir a la fuerza y actuar según la justicia, pero no lo hace: ha tenido demasiadas debilidades. La multitud lo mismo: empezó con duda y perplejidad, cedió un poco a los agitadores y una vez hecha la primera cesión siguió la locura de pedir la crucifixión para el Maestro bueno. Estos son los hechos.

“No dramaticemos interesadamente algo muy sencillo y cotidiano, que no es más teatral que la vida misma: debidamente interrogados por el que manda, que se declara neutral y se lava las manos, con plena libertad de elegir -vosotros lo habéis querido-, se dice sí al malhechor y se condena al Justo. No hay que darle más vueltas, lo importante no es Barrabás, sino los que gritan su nombre”.

Jesús experimenta el desprecio de los suyos. Se desprecia a quien no se ama. Si antes hubo amor se puede llegar a odiar con una fuerza extraña. Jesús siente ese odio que antes fue amor en muchos y un dolor agudo entra en su alma. Jesús se ve despreciado por unos hombres a los que ama uno a uno, y también ve el abismo al que se arrojan aquellos que le rechazan.

Pero no miremos estos hechos como lejanos en la historia, como si no nos afectasen a nosotros. El pecado de todos y cada uno de los hombres es el que crucifica a Cristo. Aunque nos pese -y pido a Dios que nos aumente el dolor-, tú y yo no somos ajenos a la muerte de Cristo, porque los pecados de los hombres fueron los martillazos, que le cosieron con clavos al madero. El pecado mortal es la causa de la condena y Pasión de nuestro Señor Jesucristo. Esta es la gravedad del pecado: ofender a Dios, matarlo, crucificarle.

El pecado más radical es el enfrentamiento cara a cara frente a Dios. Así fue el pecado de Satanás. Así es el pecado contra el Espíritu Santo. Entre los hombres es difícil encontrar un grado de malicia tan consciente, orgulloso, rebelde y radical. Lo más habitual es que el pecado se presente revestido de apariencias de bien. Esas apariencias engañan y llevan a la elección libre contra la Voluntad de Dios.
No se llega a un pecado mortal de repente, suele ir precedido de pecados veniales, de cesiones y omisiones. Una elección lleva a otra. Muchas elecciones seguidas crean una costumbre. La costumbre empuja a elegir según la inclinación que se ha creado en el alma. Esto es lo que ocurrió en la elección de Barrabás. Elegían la libertad de un desgraciado delincuente, pero detrás estaba la alternativa de rechazar la libertad de un inocente: el pecado se reviste de algo que se presenta como menos malo.

Ahí está la gravedad del pecado venial: inicia un proceso difícil de controlar. Un pecado venial es una ofensa leve contra Dios. Puede ser por la materia, por inadvertencia o por un consentimiento menos libre. Pero todo pecado venial es una elección contra Dios; éste es el problema. Primero es uno, luego varios, luego se adhiere una costumbre equivocada, se instala la tibieza en el alma, y deslizándose por ese plano inclinado van aumentando las desviaciones, hasta que la telaraña del pecado mortal apresa al incauto, que no supo cortar a tiempo los hilillos que acaban quitándole la vida de la gracia al aumentar su número y su red de compromisos.

Santa Teresa enseña que cuando no sintáis disgusto por una falta que se haya cometido, hay que temer siempre porque el pecado, aunque sea venial se debe sentir con dolor hasta lo profundo del alma. Por amor a Dios, procura con toda diligencia de no cometer jamás un solo pecado venial, por pequeño que sea. ¿Qué cosa puede ser pequeña siendo ofensa de una tan grande majestad? Hay una gran sensibilidad en sus palabras. Cabe pensar que es cuestión de personas muy avanzadas en el camino de santidad, pero no es así, ¿acaso no ocurre lo mismo en los amores humanos? ¿no duele una mala cara, o un olvido, o un desprecio, o no ser amado como se esperaba, o ser abofeteado por el propio hijo? Si se piensa que sólo es cosa de seres especiales, será porque tampoco se valora el amor o los desprecios de los seres queridos, o ya se vive alejado de Dios.

El pecado venial disminuye la caridad, introduce la tibieza, debilita las fuerzas del alma. Hiere en aquello en que se peca. Tráeme una persona que ame y entenderá lo que digo decía San Agustín y añadía: Dame un varón de deseos, a uno que tiene hambre, a uno que va peregrinando, y siente la sed del desierto y suspira por la fuente de la patria eterna, tráeme a ese hombre y entiende lo que digo. Pero si hablo con un hombre frío no sabe lo que hablo.

La lucha debe ponerse incluso en superar las imperfecciones. El hombre con ansia de amor quiere evitar lo que sea desamor o imperfección, y los pecados veniales son peores que las imperfecciones. Sería un error no preocuparse en los pecados veniales por el hecho de no tener como pena el infierno con sus penas eternas. Es cierto que no se va al infierno quien muere sólo con pecados veniales, pero también lo es que necesitará la purificación del purgatorio, y que el pecado mortal puede entrar, de una manera traicionera, por el portillo que han abierto los pecados veniales, activos como virus o parálisis progresiva.

Newman veía así la malicia de los pecados veniales: ¡Dios mío, qué pago te damos los hombres, y yo en particular, con el pecado! ¡Qué horrible ingratitud la nuestra! Tú tienes derechos sobre mí: te pertenezco completamente, Dios mío. Eres el Creador Todopoderoso: yo soy obra de tus manos y propiedad tuya... mi único deber es servirte. Reconozco, Dios mío, haber olvidado, todo esto. son innumerables las veces que he obrado como si fuera dueño de mí mismo, portándome como un rebelde, buscando no la tuya sino mi propia satisfacción. Me he endurecido hasta el punto de no darme cuenta ya de mi error, de no sentir ya horror al pecado, de no odiarlo ya y temerlo, como debiera. El pecado no produce en mí ni aversión ni repugnancia: al contrario, en lugar de indignarme como de un insulto dirigido a ti, me tomo la libertad de juguetear con él, y aunque no llego a pecar gravemente, me adapto sin gran dificultad a faltas más leves. ¡Dios, que espantosamente distinto estoy de como debiera ser!

Barrabás es un hombre que se cruzó en la vida Cristo. Fue utilizado por un hombre débil y salvado por hombres también débiles. Su salvación llevó a los que le defendían al pecado gravísimo de condenar a un inocente. Pilato y el pueblo no rechazaron las componendas con el mal y cayeron en acciones repugnantes para cualquier conciencia, y más para ellos que sabían bien lo que hacían.

Señor, que no elija a nada ni nadie antes que a Ti, que aborrezca el pecado venial.

Fuente: Wanadoo.